Niños muy listos con el móvil hasta en la sopa
Me atrevo a decir que hay demasiados niños supergenios y demasiados diagnósticos de TDAH. Claro que existen casos más o menos claros, y un buen diagnóstico es esencial para saber cómo actuar.
Pero parece que hemos descubierto una nueva especie en extinción: el “niño normal”. Es que hoy en día, raro es el padre que no te asegura con absoluta certeza que su retoño es un prodigio, una especie de Da Vinci en miniatura con una inteligencia extraordinaria y un talento descomunal que simplemente no se puede encasillar en los limitados moldes de la escuela convencional. ¿La razón? Bueno, según ellos, no es porque haya pasado más horas jugando a videojuegos que sumergido en los libros, sino porque es un crack y está lleno de virtudes que los demás no vemos. Claro, un “genio incomprendido”.
Al mismo tiempo, el caso contrario. Resulta que vivimos en la era del diagnóstico exprés. En cuanto un niño no se sienta quieto en clase o se aburre de escuchar a la profesora hablar sobre fracciones, saltan las alarmas y ya están dispuestos a etiquetarlo como un caso urgente de TDAH. Eso sí, muy inteligente pero no da un palo al agua, y no suelta el móvil o la tablet. Pocos se atreven a pensar que, tal vez, solo tal vez, ese niño no tiene algo, sino que simplemente carece de límites claros y ha aprendido que puede hacer lo que le da la gana. Porque claro, poner límites es cosa del pasado, eso es para los padres de los años 80; nosotros, los modernos, los progresistas, preferimos etiquetar antes que educar.
A este panorama se suma el maravilloso mundo de las pantallas, esos dispositivos mágicos que tienen el poder de hipnotizar a los más pequeños y evitar, bajo cualquier circunstancia, que se aburran. Porque, ¡Dios nos libre del aburrimiento! El aburrimiento es casi pecado en estos tiempos; si un niño no está constantemente estimulado, corre el riesgo de... bueno, de darse cuenta de que en la vida hay momentos en los que no pasa nada, y eso no es tan malo. Tal vez en ese caso se le ocurriría coger un libro. ¡Qué rollo, un libro! Pero no, aquí estamos nosotros, entregándoles tablets, móviles y consolas para que no tengan ni un segundo de pausa y, de paso, nos dejen un ratito tranquilos.
¿El resultado? Una generación que se viene, bien conectada, sí, pero que ya no sabe enfrentar la frustración, el esfuerzo o, peor aún, la desconexión. Que esto va a acabar en estudiantes que no toleren el mínimo esfuerzo y dependan de una pantalla para todo... eso ya lo estamos viendo. Así que, al final, entre tanto “genio”, tantos “diagnósticos” y tantas “tablets educativas”, quizá el único que va a necesitar ayuda será el profesor, que tendrá que enfrentarse a una clase de genios sobreestimulados y expertos en deslizar el dedo, pero incapaces de levantar la mano, hablar o preguntar.
Límites, esfuerzo, frustración, aburrirse un rato. Sin estas palabras vamos por mal camino.






































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