El presidente de la asamblea oprimió con su mano derecha el botón situado sobre el escritorio y de inmediato se escuchó un ruido como el que producen los timbres externos de las casas. El murmullo causado por la conversación de todos los grupitos bajó en su intensidad y poco a poco los presentes pasaron a ocupar los asientos vacíos en donde habían dejado bolsos, carpetas y teléfonos celulares.
Solo quedaban algunas personas en los pasillos y los concurrentes que se despachaban el último café antes de concentrarse en la reunión. Otros aprovechaban para saludar a los amigos de las viejas épocas o para resolver asuntos aplazados por los afanes del tiempo.
Fue necesario que el presidente tocara el botón por segunda vez para que todos tomaran sus respectivos lugares. Aun así dos de los asistentes ambos hombres, ambos de mediana edad, continuaron sin prisa su animada conversación.
Ya en las sillas, los saludos y las charlas continuaron su curso. Una señora bajita de contextura gruesa buscaba desesperadamente su estilógrafo nuevo; lo había dejado en su silla antes de ir por un vaso con agua. Nadie en su fila lo tenía, tal como se lo hicieron saber tras las prolongadas consultas que hizo con sus vecinos de los cuatros puntos cardinales. Buscaba su lapicero sin importarle que estuviera aplazando el inicio de la reunión.
El presidente volvió pulsar el botón y, ahora sí, la calma reinó en el recinto. El silencio solo fue interrumpido por el cheque de un vaso desechable contra el piso y por el sonido de una silla plástica cuando era rodada hacia delante.
Media hora después de lo anunciado, todo el mundo estaba listo para el esperado inicio.
- Nos encontramos aquí reunidos, comenzó diciendo el presidente, para llevar a cabo la primera asamblea de Unión de los No Vendedores. Somos personas de todo el mundo, oprimidos por el sistema, perseguidos por las circunstancias, agobiados por la adversidad. Quiero darles mi saludo solidario y agradecerles su asistencia en este importante evento. A continuación, el secretario expondrá ante ustedes los objetivos de la reunión así como los grandes propósitos de nuestra futura asociación. Adelante, señor secretario.
En ese momento se puso en pie un hombre de frondosa cabellera y abundante bigote que se encontraba al lado derecho del presidente en la mesa principal, organizó unos papeles que tenía en la mano y se dirigió al atril ubicado a la derecha. Comprobó que el micrófono funcionaba bien, lo ajustó a su estura y se plantó los anteojos. Todo con calma y serenidad.
-Son todos ustedes bienvenidos. Los hemos invitado por los méritos que tienen para hacer parte de la futura Unión Internacional de No Vendedores. Todo el tiempo se realizan cursos, seminarios, foros, conferencias y otras pendejadas semejantes en donde se les enseña a los vendedores la forma más eficaz de llenar nuestras casas de objetos inútiles a cambio de los cuales debemos entregarles hasta el último centavo de nuestro dinero. No es justo que ellos aprendan cada vez más mientras el resto de la población permanece desprotegida por el gobierno, desamparada por la sociedad e ignorada por la comunidad Internacional.
-Pero eso no es todo -continuó el secretario mientras pasaba la primera hoja de su discurso-. Eso no es todo. No señores. Ahora se nos obliga a todos a ser vendedores. Todos debemos vender. Vendemos nuestras palabras a quien quiera oírlas. Nuestros escritos a quien quiera leerlos, nuestra salud a quien quiera curarnos, nuestras sonrisas a quien quiera saludarnos Vendemos algo o no sobrevivimos. Esa es la injusta ley a la que estamos sometidos. Hemos invertido nuestros recursos, hemos hechos grandes esfuerzos para salir adelante, hemos gastado enormes sumas de dinero para educarnos y todo esto ¿con qué fin señores? Pues con el fin de salir a vender algo. Con el fin de salir a competir con los charlatanes y embaucadores que se llaman vendedores. ¡No es justo que para ejercer nuestra profesión se nos obligue a vender!
A estas alturas el secretario había pasado la tercera página de su mamotreto. Estaba exaltado y la multitud enardecida lo aplaudía a rabiar. Abajo los vendedores gritaban frenéticos: ¡Muera la dictadura de los charlatanes!
-Señoras y señores, continuó el secretario, a quien solo le quedaba una página del discurso en la mano. Amigas y amigos. Compañeras y compañeros de congoja ¡Ni un paso atrás! ¡Reivindiquemos los derechos de los no vendedores! ¡Unidos venceremos! Separados nos vencerán. ¡Siempre adelante!
El auditorio estaba en éxtasis. Todo el público se encontraba en pie aplaudiendo el discurso del secretario y lanzando vivas a la Unión Internacional de los no vendedores. Cada uno saludaba a los demás como si fueran sus hermanos del alma. Y todos estaban de acuerdo en un sentir común: nunca por nada del mundo serían vendedores.
El secretario recogió sus papeles del atril y regresó a la mesa principal donde recibió un abrazo efusivo de quienes se encontraban allí. El presidente fue quien lo saludó con el mayor afecto mientras hacía comentarios elogiosos sobre la espléndida pieza oratoria que todos acababan de escuchar.
Poco a poca la calma iba retornando al salón, pero fue necesario el oprimir nuevamente el botón del timbre para lograr un silencio total.
-Queridos amigos y amigas a partir de este momento vamos a concederles a ustedes la oportunidad de comentar sus experiencias y de exponer sus ideas -dijo el presidente, poniéndose en pie por primera vez en la mañana- . -Vamos a poner todo en orden. Cada quién tendrá la oportunidad de hablar, pero les ruego hacerlo en orden para que podamos tomar fiel nota de lo que ustedes digan. Quien desee hablar puede levantar su mano derecha, el secretario los anotará y así podrán hacer uso de la palabra en el en su respectivo turno.
El secretario se dispuso a escribir los nombres de quienes harían uso del derecho a hablar. Tomó su lapicero dorado de fina marca en la mano derecha mientras su mirada recorría el escenario, esperando ver las manos levantadas. Pero nadie se movía. Cada uno rehuía al secretario clavando su propia mirada en el suelo o en alguno de los papeles de su carpeta.
Los ojos del secretario buscaron lo del presidente. Se miraron mutuamente y descubrieron su reciproca preocupación. Nadie quería hablar y si nadie hablaba la asamblea no podría continuar. Se acabaría ahí mismo, tristemente sin que los espíritus rebeldes de los no vendedores se dieran a conocer del todo. La mano del presidente iba a oprimir nuevamente el botón del timbre, pero el secretario lo detuvo;
-Ese timbre es para hacer callar a la gente. No para hacerla hablar, le dijo.
Finalmente una tímida mano se levanto al fondo del salón. El presidente no dudó un instante en autorizar la primera intervención del público. No quería correr el riesgo de que aquel solitario salvador de la asamblea se arrepintiera de querer hablar.
El hombre se puso en pie; tenía unos treinta siete años y estaba enfundado en una camisa de mangas largas. Debajo del brazo izquierdo llevaba un rimero de papeles.
-Mi nombre es Juan José. Soy abogado especializado en asuntos laborales. Hace un año no consigo un solo cliente. Me han dicho que nadie me ocupa a mí porque no sé vender. Quiero que ustedes me entiendan. Yo soy abogado, no vendedor. Yo no estudié ocho años, ¡ocho años! para andar por ahí de puerta en puerta buscando clientes como quien se dedica a vender jabones a domicilio.
Un murmullo de aprobación se extendió por toda la sala y el anterior silencio desapareció del todo. Ahora cada uno parecía tener una historia que contar, y en efecto, cada uno intentaba contársela a su vecino de puesto.
Después de que el presidente hiciera sonar el timbre dos veces, volvió la normalidad. Un hombre alto, vestido de blanco, y con las primeras hebras de pelo igualmente blanco en su cabeza, se puso de pie; cuando lo autorizaron a hablar dijo:
-Soy médico, tengo el mejor consultorio de la ciudad. Invertí mi capital en los equipos más modernos. Pero hace siete meses solo me visita uno que otro cliente. Me han dicho que debería salir del consultorio y atender a la gente en sus casas y en los hospitales. Que debo dar a conocer más mi consultorio. Pero yo no soy un comerciante ni un negociante. Tampoco soy un vendedor. La medicina no se puede rebajar. Yo no estudié para vendedor si no para médico, afirmó mientras hacía gesto con el cual indicaba que había llegado el final de la intervención.
Nuevamente el murmullo de aprobación. Nuevamente una persona contándole a otro algún caso similar a los anteriores. Nuevamente el murmullo generalizado y nuevamente el timbre de la autoridad presidencial para restablecer el orden.
Y así, uno a uno los asistentes fueron desinhibiéndose. Y uno a uno fue levantando su mano para contar un caso similar.
Un científico revelo que no había encontrado quien le financiara una investigación que conducirá a la producción de la vacuna contra la violencia. Un inventor expreso que nadie lo había tomado en serio cuando decía que necesitaba apoyo, para construir un aparato de tele transportación. Un nutricionista dijo conocer la fórmula para producir alimentos abundantes en el desierto, pero no había encontrado apoyo de nadie, porque no había vendido bien su idea, según le decían. Un sacerdote dijo que se había visto obligado a cerrar la iglesia, porque ya nadie iba a la misa del domingo en la mañana, la única que hacía en toda la semana y afirmó que solo hacia una misa por falta de feligreses... Pero ahora no iban ni los domingos en la mañana.
El dueño de un equipo de fútbol expuso cómo le había tocado disolver el club porque no conseguía quien le diera un patrocinio... Y los aficionados tampoco iban al estadio.
A la cinco de la tarde, después de una intensa jornada en la que todos participaron activamente, la asamblea finalizó. Llegaron a la conclusión de que el mundo trataba injustamente a los no vendedores, firmaron una declaración de rechazo a quienes los discriminaban y designaron al presidente y al secretario como directivos de la Unión Internacional de no Vendedores. La primera misión de los directivos consistía en redactar la declaración internacional de los derechos Humanos de los no Vendedores y convocar a una nueva asamblea para dentro de tres meses.
La despedida fue muy sentida. Todos estaban un poco tristes y un poco alegres. Al final intercambiaron abrazos, teléfonos y correos electrónicos. Prometieron escribirse y llamarse, es decir estar en permanente contacto. Al salir las últimas personas las luces fueron apagándose. El celador recogió unos vasos que habían rodado todo el día por el piso, aseguró un lapicero abandonado cerca del dispensador de agua y cerró la puerta con doble llave.
Pasado un mes el presidente intentó reunir a sus compañeros de directiva pero no pudo convencerlos. Pasados dos meses hicieron por fin la primera reunión. A los tres meses convocaron una nueva asamblea pero solo concurrieron cinco personas. Decidieron hacer una convocatoria para dentro de dos meses, pero solo asistieron tres personas. Se hizo una nueva convocatoria pero solo concurrieron el presidente y el secretario, quienes esperaron toda la mañana vanamente sin que llagaran sus compañeros, para aprobar la Declaración Universal de los Derechos de los no Vendedores.
-Creo que ya no van a venir dijo el presidente
-Me parece que hemos perdido nuestro tiempo, dijo el secretario
-Tal vez no supimos venderles la idea dijo tristemente el presidente, mientras recogía sus papeles.
Por: Alejandro Rutto
Por: Alejandro Rutto Martínez
Alejandro Rutto Martínez es un prestigioso escritor y periodista ítalo-colombiano quien además ejerce la docencia en varias universidades. Es autor de cuatro libros sobre ética y liderazgo y figura en tres antologías de autores colombianos. Contáctelo al cel. 300 8055526 o al correo alejandrorutto@gmail.com. Lea sus escritos en MAICAO AL DÍA, página en la cual usted encontrará escritos, crónicas y piezas hermosas de la literatura colombiana.
Fuente del artículo http://www.articulo.org/autores_perfil.php?autor=525
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7-7-2008 at 8:13pm