Redacción
Era un día más, otro como cualquiera, tomaba una taza de café con leche caliente, mientras su cabeza todavía transitaba por el último sueño. El sol aún no asomaba y debía salir al frío a esperar el colectivo que la llevaría, junto a su hermana mayor, al colegio. Su pensamiento poco a poco iba despertando a la realidad y se despojaba del manto nocturno, cuando pudo escuchar claramente la voz de la maestra de 5to. Grado de primaria, indicando que hicieran una redacción.
Esta orden se repetía con cierta frecuencia a lo largo de los primeros cursos, no se sabía con certeza si realmente esa acción estaba planificada con anterioridad, o si era un recurso de la educadora para disimular la falta de preparación de la clase, lo cierto era que su pequeño corazón se emocionó por la connotación de las palabras “tema libre”. Le costaba relacionarse con los demás niños, pero cuando sabía que podía volar en el cosmos de su imaginación sin límites conocidos, era feliz.
Tomó el cuaderno, escribió en el centro del primer renglón de arriba la palabra mágica “Redacción” y dirigió la mirada hacia el techo, señal de que comenzaba a elevarse…, cuando de repente, una orden imponente, le provocó la caída libre y en picada. “¡Escriban, no pierdan el tiempo!”. Todavía con el corazón galopando, pensaba: ¿Cómo escribir, si todavía no pienso?, ¿Cómo llenar la hoja de ideas, si todavía no lleno mi cabeza de imágenes?, ¿Cómo traducir al papel, lo que todavía no había creado? Todas esas ideas en ese momento se quedaron en su mente, porque era incapaz de alegar en su defensa y en la de la creatividad.
Pero la orden estaba dada, prohibido pensar, prohibido imaginar, prohibido emocionarse, solo había que escribir, como acción mecánica. Entonces tomó el lápiz, lo apoyó sobre el cuaderno, y trató de fingir. No entendía como le pedían que caminara sin saber a dónde iba, que bailara sin escuchar la música o que pintara sin conocer el modelo. Aun así siguió fingiendo, y con la mirada fija en el papel en blanco esbozó una gran sonrisa, veía como en ese espacio vacío, se dibujaba una figura al principio confusa y luego más nítida, era la imagen de una bruja, corriendo con un reloj en la mano, y que al acercarse, mostró el rostro de su profesora.

Silvia Atrio





































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