Purgatorio
El llamado purgatorio o también conocido como el culto a los difuntos, ha sido una creencia constante casi desde los mismos albores de la civilización. Como en ningún otro sentir, la humanidad ha visto la necesidad de apoderarse de una vida posterior a la muerte para dar sentido a la existencia.
Culturas como los egipcios, los chinos, persas y griegos (La Eneida, Sófocles, Antígona) ya mantenían estas creencias como aportes incontestables dentro de las más hondas raíces de su imaginario colectivo. En el Islam, el culto a los difuntos es conocido como el "barzakh", que según el Al Corán es un estado o etapa en la que el alma del difunto permanece en un sueño desde el día de su muerte hasta el juicio final o Yaum al-Qiyamah.
Por su parte, el judaísmo desde los tiempos del Antiguo Testamento a optado por la oración a sus difuntos mediante el servicio de la sinagoga conocido como el "Kaddish" o plegaria por los muertos, cuya práctica aún persiste en cabeza de judíos ortodoxos mediante ritos de varios meses de duración.
Sin embargo, es a través del Cristianismo que el culto a los difuntos alcanza su mayor difusión, aclaración y reconocimiento aún desde sus tímidos comienzos con la Patrística y los primeros mártires y santos de la iglesia. Esta creencia ha sido y sigue siendo una de las más candentes y apasionadas a través de toda la historia de la iglesia.
La reforma protestante y la teoría de la justificación hicieron lo suyo para que con una contrarreforma y el Concilio de Trento, la iglesia Católica sentara las bases definitivas sobre las cuales descansa la doctrina actual de la iglesia sobre este referente. Desde aquí son varios los documentos de los diferentes Pontífices que intentan recordar y mantener este dogma de fe en defensa de los muy necesitados del más allá.
Los santos y el purgatorio
Santos de todos tiempos, edades y condiciones han tenido dramáticas experiencias con las benditas almas del purgatorio, ya sea porque ellas mismas se les manifiestan para solicitarles oraciones y mortificaciones a su favor, por revelación divina y aún por manifestación de la Santísima Virgen María en sus innumerables apariciones. Entre ellos podemos referir: a San Juan Bosco y sus sueños, Santa Teresa de Avila, Santa Faustina Kowalska, San Francisco de Asís, Santo Tomás de Aquino, San Antonio y más en una lista casi que incontable.
Realmente, lo que más enseña de este estado son las experiencias que se tienen alrededor del mismo. A continuación relato algunos fragmentos de la Beata Ana Catalina Emmerick (Koesfeld, 8 de septiembre de 1774 - Dülmen 9 de febrero de 1824) quien fuera una monja agustina canóniga, mística, estigmatizada y visionaria alemana beatificada por S.S. el Papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004. Sus sorprendentes visiones sobre la vida de Jesús, María y la Iglesia primitiva fueron recopiladas en una obra literaria por el poeta alemán Clemente Brentano:
…"Siendo ya mayor iba a Misa temprano a Koesfeld y para orar mejor por las Ánimas benditas tomaba un camino solitario. Muchas veces las veía de dos en dos delante de mí como brillantes perlas. El camino se me hacía claro y yo me alegraba de que las ánimas estuvieran en torno mío y me ayudaran, porque las amaba mucho"... "Con frecuencia mi ángel me exhortaba a ofrecer por ellas mis sufrimientos y yo lo enviaba a mover los corazones de los enfermos para que también ellos ofrecieran sus sufrimientos por estas almas necesitadas". … Estaba yo con mi ángel en el purgatorio y veía la gran aflicción de aquellas pobres almas que no podían valerse a sí mismas, y cuán poco las socorren los hombres de nuestro tiempo.
No se puede expresar lo necesitadas que están. Las comprendí cuando me hallé separada de mi guía por una montaña. Experimenté tan vivo anhelo y tal afán de volver a su lado, que casi perdí el sentido. Le veía a través de la montaña, pero no podía ir hacía él. Entonces me dijo el ángel: ―Ese mismo deseo que tú sientes, lo sienten estas almas de que se las socorra...!
“…El ángel me exhortaba a ofrecer todas mis privaciones y mortificaciones por las ánimas benditas. Yo enviaba muchas veces a mi ángel custodio al ángel de aquellos a quienes veía padecer, para que él los moviera a ofrecer sus dolores por las ánimas benditas. Lo que hacemos por ellas, oraciones u otras buenas obras, al punto se les convierte en consuelo y alivio. ¡Se alegran tanto, son tan dichosas con esto y tan agradecidas! Cuando yo ofrezco por ellas mis trabajos, ellas ruegan por mí”.
“…Me espanta ver la abundancia de gracias que la iglesia pone a disposición de los hombres, y cómo estos renuncian y se aprovechan tan poco de ellas y mientras las desperdician horriblemente, las pobres almas del purgatorio se consumen y desfallecen por no poder valerse de ellas”.
“…He visto en el purgatorio a protestantes que vivieron piadosamente en su ignorancia religiosa. Se sienten abandonados, porque nadie ruega por ellos”.
¡Una noche fui conducida al purgatorio. Me parecía un abismo profundo enormemente espacioso. ¡Da enorme lástima ver lo triste que están las pobres almas en aquel lugar!
“…Las mayor parte de los hombres están allí expiando la indiferencia con que juzgaron sus pecados habituales”.
¡Oh, cuántas gracias he recibido de las benditas almas! ¡Ojalá quisieran todos participar conmigo de esta alegría! ¡Qué abundancia de gracias hay sobre la tierra! Pero cuánto se las olvida, mientras que ellas suspiran ardientemente porque nos acordemos de ellas. Allí, en lugares varios, padeciendo diferentes tormentos, están llenas de angustia y de anhelo de ser socorridas. Y por grande que sea su aflicción y necesidad, alaban a Nuestro Señor. Todo lo que hacemos por ellas les causa una infinita alegría…
El purgatorio en el Magisterio de la iglesia
Los siguientes son algunos de los más importantes documentos eclesiales sobre el culto a los difuntos:
- Constitución "Benedictus Deus" del Papa Benedictino XII (1336)
- Concilios de Florencia y de Trento
- Constitución dogmática "Lumen gentium" del Concilio Vaticano II
- Constitución apostólica "Indulgentiarum doctrina" de S.S. Pablo VI
- Catequesis sobre Dios Padre de S.S. Juan Pablo II
- Constitución apostólica "indulgencia doctrina"
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Carlos Enrique Uribe Lozada





































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