Usualmente deseamos ser amados como a nosotros nos parece adecuado ser amados.
También deseamos que los demás entiendan el mundo tal y como lo vemos, y que adquieran nuestras ideas como por ósmosis inmediata.
Queremos personas que sean como nosotros. Más aún, personas que sean nosotros.
Nuestros iguales, esos compañeros de viaje a los que llamamos socios, consortes, amigos, usualmente comparten algo así.
Es ese alguien que sabe lo que sientes en una situación determinada. O el que te advierte de una situación riesgosa como poniendose en tus zapatos. O el que te da su punto de vista acertando a mirar el panorama de una forma objetiva, para tí…
Pero también son quienes nos plantean dificultades, tienen diferencias, malentendidos y nos plantean un reto muy grande: ser mejores de lo que somos, salir de nuestra área de confort.
Si tu eres el creativo y te exige el socio administrativo: aprende. Si tu eres el socio ejecutivo y te exige el socio que no tiene idea de números y te llena de información emocional: aprende.
La idea de tener un socio es la de compartir una misión. La misión es algo más grande que el equipo. Y el equipo a su vez es mayor que el individuo. Dentro de este esquema general, todo pequeño aspecto que mejores en tus áreas de conocimiento y como persona, es una riqueza que acumulas para tí pero que capitaliza en el momento tu equipo de manera exponencial.
Agradezco ahora, a las personas que han llenado mi vida dandome retos, enseñanzas, metas altas y a las que sin saberlo, me han hecho sentir que pertenezco, que soy mirado y apreciado tal y como me siento.