Alejandro es un tipo pálido y necio, sin mencionar que es extremadamente solitario, siempre encerrado en su cuarto frente a la computadora. Últimamente ha caído en relaciones extrañas y virtuales. Todo comenzó con una simple sala de chat pero luego se volvió una extraña obsesión. Conoció a una mujer imaginaria que le rompió el corazón. Fue entonces que decidió salir, huir de sí mismo, pero ¿a dónde? Giró el globo terráqueo que se encontraba sobre su escritorio.
Cerró los ojos y detuvo el giro con su dedo índice: La playa de Belice. Sin pensarlo empacó mientras compraba su boleto por Internet. Acostumbrado a no ver la luz del día tuvo que taparse los ojos con el antebrazo al salir de casa, tardó casi diez minutos en abrirlos. Llegó al aeropuerto, en la fila para registrar el equipaje notó que había una pareja delante de él y más adelante otra y en primera fila otra, todos besándose, Alejandro evitaba verlos releyendo su pasaporte.
Al llegar al hotel había más parejas romanceando por doquier, se percató de que el destino que eligió era el mismo que todas las parejas escogen para su luna de miel. Dejó su equipaje, se puso unos shorts y salió a la playa, se sentó frente al mar y su mirada se perdió en el horizonte como si su pensamiento estuviera en standby.
Sudoroso y bajo el sol parecía imposibilitado a cualquier movimiento. Pasaron las horas. El tono de su piel comenzó a cambiar de rojo al bermellón, luego comenzó a reventar en púrpura, podría creerse que tan sólo la brisa era suficiente como para provocarle un extremo ardor. Comenzó a calcinarse. A lo lejos una pareja de enamorados no dejaba de observar el proceso. Ese güey ya tiene como 7 horas aquí mí-ni-mo. O sea nosotros llegamos tipo como a las 10 y él ya estaba aquí viendo las olas, como ido. ¡No te burles! pobrecito, primero todo amarillento y luego bien ardido. ¿Verdad que hasta comentamos hace rato que qué risa sería si lo viéramos achicharrarse?