Aciertos y errores, experiencias positivas y negativas, vivencias agradables y desgraciadas. Nada fuera de lo común, a todos nos ha ocurrido algo más o menos parecido. Es por esto que me llamó la atención, y debo decir que casi llegó a asustarme, el pensamiento que pasó por mi mente cuando el tren en el que viajaba partía de la estación de Pisa con destino a Florencia. El lento arranque de la hilera de vagones hacía sentir la fuerza de la máquina y anticipaba la velocidad que alcanzaría el convoy gracias al coloso que tiraba de nosotros.
En ese lento discurrir que tan solo dura los minutos iniciales, asistimos al paisaje triste, feo y sombrío de las afueras de las estaciones de tren. Lo mismo da que estés en Barcelona, en Roma, en Londres o en Sevilla. Decenas de máquinas, como gigantescos cangrejos de metal oxidado, aguardan no se qué, apelotonadas, ¿o tal vez en orden? ¿Esperan el día del desguace? ¿O aguardan el turno de trabajo? Travesaños de hierro y de madera mohosa aparecen dispersos entre rastrojos pajizos. Los edificios de viviendas que lindan con las vías son pobres, desagradables, de un color negruzco, como tiznados de carbón, con ropa tendida que chorrea indiferencia y desprecio.
Este paisaje unido al momento de la partida, despierta sentimientos melancólicos y a veces tristes. No recuerdo ni una sola vez que iniciando un viaje en tren haya sentido euforia o al menos una enérgica alegría.
Inmerso en esa nube melancólica que envuelve el inicio de todo viaje y estando la mente ocupada en pensamientos indeterminados, me vino de sopetón la pregunta: ¿cuántos amigos tengo? Como ya dije me sobresalté, pero no por la pregunta sino por la respuesta. Con una mano basta para contarlos y sobran dedos. Sin embargo, el susto pasó cuando reflexioné sobre el asunto y me di cuenta del significado de los amigos que tengo.
¿Cuántos amigos tienes? ¿Dos, tres, cuatro? No son pocos. Recuerda que empezaste de cero. Puedes estar muy satisfecho.
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