Vivo en Asturias de forma prácticamente continuada desde hace 31 años. El hecho de no querer irme es, creo, la prueba más fehaciente de las bondades de esta tierra. El clima es excelente: cuando, en invierno, del resto de Europa o del mundo nos llegan noticias de desgracias meteorológicas, en Asturias simplemente disfrutamos de un frío no intenso o de unas lluvias que nunca se convierten en inundaciones; mientras otras zonas de España y del mundo sufren temperaturas asfixiantes en los meses de verano, los asturianos disfrutan de una temperatura perfecta para disfrutar de sus numerosas playas, montañas, ríos, pueblos, ciudades...
Podemos elegir: ciudades de marcado entorno cosmopolita que ofrecen innumerables atracciones tanto naturales como culturales (Gijón, Oviedo, Avilés) o pueblecitos entrañables de un verdor natural que apenas podemos encontrar ya en ninguna parte del mundo; campings en medio de idílicos entornos (Ribadesella) o hoteles de cuatro estrellas; playas de arena o playas de hierba o piedra (también una nudista en Gijón); podemos visitar otras regiones españolas en tan sólo una hora (por ejemplo: Castilla León desde Oviedo) gracias a toda la serie de nuevas carreteras que llegan a paliar el único inconveniente que hasta ahora (ya solucionado también, por tanto) poseía la región.
Podría seguir. Pero no lo haré: es mejor que cada cual descubra por sí mismo el inagotable cúmulo de placeres que esconde el Principado.
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