No soy una persona muy sociable y normalmente me gusta estar a mi aire escuchando música en cualquier transporte público; pero a veces, y aún no sé muy bien por qué, se me despierta el impulso de iniciar conversación con un desconocido, y sobre todo si dicho desconocido me parece que puede tener una historia interesante que contar solo por su aspecto. No es que me haya encontrado alguna vez con un simpático Forrest Gump que come bombones, pero bueno, alguna que otra historia simpática he conseguido cazar. Un ejemplo cercano es el de ayer, el del anciano de cara curtida que se sentaba plácidamente en uno de los asientos y se apoyaba en el bastón.
A simple vista, cualquiera diría que ese simpático anciano era relojero o dependiente de un quiosco, pero no: fue vigilante de seguridad. Yo algo intuía, porque esas arrugas endurecidas como el cuero solo podían pertenecer a una persona cuyo oficio hubiese sido eminentemente físico, o propio de personas fuertes. Nos sentamos a charlar y resultó ser simpático, porque no me puso mala cara ni me echó (cosa que era habitual), y algunas de las anécdotas que me contó del trabajo de vigilantes me parecieron tan fascinantes que, en aquel momento, tuve una necesidad imperiosa de buscar información al respecto.
Y eso hice, en cuanto llegué a casa y me despedí del señor. Me senté a la mesa y me puse a buscar en internet cosas acerca de los vigilantes. Curiosamente, acabé llegando a muchas páginas de academia de guardia civil; supongo que porque en el fondo es lo mismo: un oficio destinado a proteger gente. Pero aunque el trabajo de guardia civil también parecía interesante, el anciano al que había conocido no fue guardia civil, sino vigilante, y me centré en encontrar cosas sobre eso. Aprendí mucho ese día, la verdades que no puedo quejarme.