Amanece. Un día turbio y gris me espera. Un día, segura estoy, como otro cualquiera. Un día de esencia repetida que me hace ser consciente del bucle en el que ando metida. Ni siquiera tengo el ánimo de fijarme en lo que me rodea. Las secuencias de mi vida se han convertido en un automatismo del que, difícilmente puedo ya salir airosa. Como una joya sin valor, como un barco sin vapor, salgo de mi habitación con un porcentaje de esperanza equiparada a la de un inmigrante en alta mar. Avanzo por el pasillo y … ahí está, esperándome. —Buenos días señora Alborch. ¿Pudo descansar hoy? ¿Quién diría que un alma podría reencarnarse tanto tiempo? No puedo hablar, ya no. No puedo decidir, ya no. Quise cambiar el rumbo, pero ya no. El cuerpo ya no me pertenece. Ya sólo puedo ver mi reflejo en el cristal de un espejo orgulloso, que no recoge mis plegarias y para nada se identifica como recipiente a mis necesidades añejas más primarias. Ya sólo existe la distorsión en lo que quisiera oír, con tal de no ver que, a la imagen que poseo, ya no le acompaña ni mi alma ni mi ser.
La loca Ghostwriter