Llevo toda mi vida soñando con ir a la universidad. Me parece que la culpa la tienen las series que veía cuando era pequeña, tanto americanas como españolas; vamos, todas esas series juveniles de “vida estudiantil”. Por ejemplo, recuerdo Buffy Cazavampiro, que, aunque evidentemente era sobre todo de fantasía y terror (evidentemente), tenía un componente importante de lo que estoy diciendo, puesto que la protagonista principal y sus amigos crecían, maduraban y experimentaban la transición instituto-universidad. Encima, en Estados Unidos es tradicional que los hijos se vayan de casa al cumplir los dieciocho años y entrar en la universidad, y a mí todo eso me marcó muchísimo.
Por fin tengo los dieciocho años y las cosas no van tan bien como esperaba. Estamos en crisis, por supuesto, y eso significa que el bolsillo de mis padres sufre ante la posibilidad de pagarme una residencia de estudiantes. Durante un tiempo me temí lo peor, que me quedaría sin estudiar fuera; sin embargo, todo se solucionó cuando una amiga, que este año también va a entrar en la universidad, me propuso irme a vivir con ella a un piso y compartir gastos. El precio se reducía considerablemente, así que acepté en cuanto mis padres me cantaron una canción maravillosa que se titulaba “Estamos de acuerdo”.
Lo único que tengo que hacer ahora es contactar con una empresa de mudanzas nacionales o, por lo menos, especializadas en Canarias. En concreto, mis padres se han ofrecido a buscar buenas ofertas en lo que a mudanzas a Las Palmas se refiere, pues me voy a ir a estudiar a la universidad de allí (soy de Lanzarote). Sinceramente, después del bache que acabo de superar, eso de encontrar algo que me sirva de mudanzas a Canarias me parece coser y cantar; igual exagero, pero estoy segura de que con esfuerzo y persistencia lo conseguiré.