Carla Sanen ha vivido en la calle Platón por más de 17 años, su casa está llena de colorido y plantas, sale todas las mañanas con su taza en mano a regar los helechos de la entrada, revisa la correspondencia mientras estira sus extremidades, siempre sonriente, podría creerse que está muy feliz con su vida cotidiana. Nunca ha padecido de personalidades múltiples porque siempre le ha gustado la suya propia.
Una mañana se dirigió al buzón dando sorbos de café caliente, al abrirlo vio un sobre colón melón. Sus amistades eran contadas pero queridas, así que no solía recibir muchas invitaciones de boda, el ruido del sobre de celofán se perdió en la nada mientras recordaba a Ale, su amiga que ahora contraía nupcias con su novio alemán. Otro sorbo de café. Se quedó pasmada releyendo entre dientes el nombre del destinatario: Carlo Sanen. Reaccionó, sonrió y entró de nuevo a su casa.
Tener un trastorno mental no es la única excusa viable para atreverse a ser otra persona. Conforme pasaban los días y la fecha se acercaba Carla le daba vueltas y vueltas al asunto de ser Carlo. Se miró al espejo con la cara lavada, sacó las tijeras del tocador, cortó sesenta y tres centímetros de cabellera, se vendó el busto, sacó unos zapatos masculinos que tenía guardados, un traje de colección. Se colocó las mancuernillas con cautela, y se miró al espejo. –Buenas tardes, ¿qué tal?, buenas tardes, ensayaba su voz grave una y otra vez frente al espejo.
Llegó a la boda de Ale y no sólo nadie la reconoció, sino que atrajo todas las miradas, las chicas solteras querían bailar con él y los hombres se sentían extrañamente atraídos por su encanto. Carla sonreía para sí, ojala y todas las invitaciones de boda fueran un pretexto para explorar nuevas sensaciones.