Mis madre se ha divorciado de su segundo marido y yo todavía no me lo puedo creer. Es decir, el divorcio de mis padres, aunque doloroso, nunca me pilló desprevenida, porque ya era una persona adulta cuando aconteció y no hacía falta ser demasiado listo ni demasiado avispado para darse cuenta de que solo se hacían daño el uno al otro. Pero cuando conocí a Ricardo, el segundo marido de mi madre, vi que se llevaban tan bien y que congeniaban de tal manera que podría haber jurado ante la Biblia que iban a estar juntos toda la vida. No fue así, y me da rabia decirlo, pero es otra victoria que se adjudica la realidad, y no el amor.
Cuando Ricardo y mi madre firmaron los papeles, me fui a vivir un tiempo a casa de mamá. Esto lo hice porque la conozco bien y sé que, aunque ella siempre intenta aparentar despreocupación, optimismo y alegría cuando atraviesa alguna crisis, en el fondo llora sin que nadie se dé cuenta y se vuelve imprevisible; y me refiero a que se convierte en el tipo de persona que necesita hacer cosas nuevas, da igual lo raras, inútiles o peligrosas que sean. Por eso me decidí a irme a vivir con ella por lo menos un año, para controlarla.
Dicho y hecho: el segundo día que pasé con ella me despertó a las ocho de la mañana ¡para irnos a una boutique de vestidos de ceremonia! Justo lo que menos necesitaba ella, pensé. Lo único que quería hacer era aprovecharse del servicio de sastrería a medida que tienen muchos establecimientos de ese tipo y, de no haberle parado los pies, habría encargado un traje a medida de no sé ni cuántos euros. En fin, supongo que la culpa es de la desesperación, aunque podría elegir formas menos extrañas de sucumbir a ella, digo yo.